El peligro de la amistad entre periodistas y funcionarios

#Opinión | En el escenario de la política y la comunicación, existe una conexión íntima entre los actores principales: los funcionarios y los periodistas. Sin embargo, esta relación no es solo una cuestión de entrevistas y titulares. Es una red compleja de vínculos personales que pueden influir en la forma en que se presenta la información al público.

Imagina a un periodista y un político compartiendo risas en un cóctel después de una conferencia de prensa. Parece inofensivo, ¿verdad? Pero detrás de esa camaradería pueden surgir dilemas éticos y profesionales.

Es difícil mantener la objetividad cuando se tiene una relación personal con el sujeto de la noticia. Y no podemos ignorar el hecho de que los políticos también pueden sacar provecho de estas amistades. Pueden utilizar su influencia sobre los periodistas para moldear la narrativa mediática a su favor, minando así la independencia y credibilidad de la prensa.

Pero la preocupación no termina ahí. La percepción de favoritismo o parcialidad en la cobertura mediática puede minar la confianza del público en los medios de comunicación y en el sistema político en su conjunto. Es muy claro que, por ejemplo en el ámbito federal Mexicano, a quienes muchos les tienen más confianza son a quienes el Presidente ha “atacado” más. Incluso hay medios que se dedican específicamente o cuestionar a los gobiernos, sólo que también hay que tener en cuenta que muchos de esos, obtienen una parcialidad hacia la oposición política del gobierno en turno. La transparencia y la objetividad son fundamentales para mantener una sociedad democrática robusta, y estas relaciones pueden socavar esos principios si no se manejan con precaución.

Durante las elecciones, la relación entre periodistas y los equipos de prensa de los políticos se vuelve aún más complicada, ya que ambos tratan de influir en cómo se cubren las noticias. Esto se hace más difícil debido a que mucha gente ya no confía tanto en los medios.

Además, los periodistas pueden encontrarse bajo una presión constante para favorecer a sus amigos políticos o evitar informar críticamente sobre ciertos temas. Por otro lado, los políticos pueden utilizar su influencia para coaccionar a los periodistas, amenazando con retirarles el acceso a información privilegiada.

En última instancia, tanto los periodistas como los políticos tienen la responsabilidad de salvaguardar la integridad de sus profesiones y el interés público. Es esencial establecer límites claros en estas relaciones para garantizar que la información se presente de manera imparcial y veraz.

La propaganda no es algo terrible en sí misma; de hecho, a menudo es necesaria para destacar los logros y las necesidades de los gobiernos y captar la atención de la ciudadanía. Sin embargo, cuando un periodista se convierte en un publicista, las cosas se complican. Deja de ser imparcial y objetivo porque su objetivo principal pasa a ser defender o cumplir con las peticiones de los funcionarios. Esto no es lo mismo que la publicidad abierta o el llamado “chayote“, que pueden cumplir una función específica y a veces necesaria para mantenerse a flote, pero que no deben contaminar la comunicación esencial con los ciudadanos.

Piénsalo de esta manera: si un periodista cede ante las peticiones de amigos o funcionarios para modificar una foto, un texto o un informe, ¿en qué posición deja a sus lectores? Es importante reflexionar sobre esto para preservar la integridad del periodismo como una fuente confiable de información para la ciudadanía.